Cuando la herida empezó a hacer preguntas



Durante mucho tiempo pensé que lo ocurrido era solo una experiencia dolorosa que debía aprender a superar.

Una historia más dentro de mi vida laboral.

Algo que, con suficiente tiempo, podría guardar en una caja, colocar en algún rincón de la memoria y seguir adelante. Pero algunas heridas no desaparecen cuando dejamos de hablar de ellas.

Algunas se quedan ahí porque todavía tienen algo que enseñarnos.

Y después de sentir la tristeza, la frustración, la preocupación y la rabia, apareció otra emoción.

La incredulidad.

¿Cómo podía algo así ocurrir en un ambiente lleno de adultos, profesionales y personas que aseguraban actuar desde la madurez?

¿Cómo podía una empresa hablar de valores, liderazgo y respeto mientras, en la práctica, permitía alianzas silenciosas, apropiación de méritos, decisiones sin responsabilidad y protección entre jerarquías?

La pregunta dejó de ser solamente:
¿Por qué me hicieron esto?

Y empezó a convertirse en algo mucho más grande:
¿Qué estructura permitió que esto ocurriera, se normalizara y quedara sin nombre?

Ahí entendí que mi experiencia no era un hecho completamente aislado.

Ya había visto dinámicas similares antes.

Había observado cómo algunas personas aprendían a moverse dentro de las organizaciones no necesariamente por su capacidad para construir, sino por su habilidad para protegerse entre ellas.

Había visto cómo ciertas versiones de los hechos recibían más credibilidad dependiendo de quién las contara.

Cómo el silencio podía confundirse con profesionalismo.
Cómo la honestidad podía convertirse en una amenaza.
Cómo una decisión administrativa podía esconder una represalia.
Cómo el trabajo y las ideas de una persona podían permanecer dentro de una empresa incluso después de que esa persona fuera expulsada de la historia que ayudó a construir.

Esta vez, sin embargo, fue diferente.

Esta vez lo viví lo suficientemente cerca como para comprender lo que una mala estructura puede hacerle a una persona, incluso cuando esa persona trabaja bien, aporta, construye relaciones y actúa de buena fe.

Y fue entonces cuando la herida empezó a hacer preguntas.
-Why me?
-How is this possible?
-¿Y ahora qué hago?

La respuesta, instintivamente, fue dando origen a Kuraigana

Kuraigana no nació únicamente porque me interesaran los procesos, la cultura empresarial o el liderazgo.

Tampoco nació porque detectara "una oportunidad de mercado".

Kuraigana nació de una pregunta moral:
¿Cómo puede una organización llamarse profesional si sus estructuras permiten que estas cosas ocurran?
Nació cuando entendí que no bastaba con sobrevivir a las malas estructuras.

Había que aprender a reconocerlas.
Nombrarlas.
Desarmarlas.

Y construir algo mejor en su lugar.

No desde la venganza.
No para exponer nombres.
No para convertir el dolor en espectáculo.

Sino para revelar patrones.

Alianzas que protegen jerarquías.

Pequeños patriarcados corporativos donde algunas personas validan sus propias versiones y dejan que quienes tienen menos poder carguen con las consecuencias.

Culturas que hablan de madurez mientras castigan la honestidad.

Liderazgos que utilizan el lenguaje del bienestar, pero evitan cualquier conversación que pueda exigirles responsabilidad.

Estructuras que llaman “decisión de negocio” a todo aquello que no desean explicar.

Porque desenmascarar no significa perseguir personas.

Significa dejar de aceptar que ciertos comportamientos sean presentados como normales, inevitables o profesionales.

Significa preguntarnos qué falló en el liderazgo, en la gobernanza, en la atribución del mérito, en la protección de las personas y en los mecanismos que deberían impedir que el poder se convierta en impunidad.

Y después de mirar todo eso, significa construir algo mejor...


Yo, de momento, decidí construir dos espacios para una misma verdad.
Loba Rosé y Kuraigana, nacen de una misma persona, pero cumplen funciones diferentes.

Loba Rosé conserva la experiencia humana.
La tristeza.
La frustración.
La incredulidad.
La sensación de haber sido utilizada.
La necesidad de reconstruirse después de que una experiencia te obliga a cuestionar tu propio valor.

Loba Rosé observa la herida y le pone palabras.

Dice:
Yo también lo sentí.
Yo también vi algo que no parecía correcto.
No lo imaginaste.
No estás exagerando.
No estás sola.

Kuraigana, en cambio, mira detrás de esa experiencia.
Pregunta qué estructura permitió que la herida ocurriera.
Quién protegió el comportamiento.
Qué silencios lo sostuvieron.
Qué procesos fallaron.
Qué decisiones hicieron posible que una persona terminara cargando con las consecuencias de un sistema que otros diseñaron o decidieron no cuestionar.

Loba Rosé dice:
Yo también lo sentí.

Kuraigana responde:
Ahora entendamos qué permitió que sucediera y cómo podemos cambiarlo.

A quién le dicen?
Pues obvio🤷‍♀️, a los otros lobos rosa🤫🐾💞

...Y después aparece la razón más humana de todas.

Los otros lobos rosa.

Personas competentes, sensibles, observadoras y trabajadoras que salieron de una empresa preguntándose si habían imaginado lo que ocurrió.

Personas que perdieron confianza en sí mismas porque una estructura protegió a quien tenía más autoridad.

Personas que entraron a trabajar con honestidad y terminaron descubriendo una cara de la organización que nadie les había advertido.

Personas que no buscan venganza.

Buscan lenguaje.
Claridad.
Herramientas.
Acompañamiento.
Un lugar donde no les digan que están exagerando.

Kuraigana también nace para ellas.

Para convertir lo vivido en criterios, preguntas, sistemas y formas de protección.
Para que otras personas puedan reconocer más rápido las dinámicas que alguna vez nos hicieron dudar de nosotras mismas.
Para que sepan que su sensibilidad no es una debilidad.

Que observar lo que otros prefieren ignorar no las convierte en problemáticas.
Y que a veces el problema no era su incapacidad para adaptarse.
Era una estructura que necesitaba que se adaptaran a lo injusto.

Tal vez no podamos impedir todas las heridas corporativas.
Pero sí podemos ayudar a que sean más difíciles de ocultar, justificar, repetir y normalizar.

Ahora, la herida no dirige el destino🧐

Hay algo que para mí es importante dejar claro:
Kuraigana no existe para vengar a Kathy.
Existe para que la experiencia de Kathy no sea inútil.

Para que lo ocurrido no termine solamente en tristeza, pérdida o una historia que se cuenta en voz baja.
Para transformar lo que vi en conocimiento.
Lo que sentí en lenguaje.
Las preguntas en estructura.
Y la estructura en una posibilidad distinta.

Porque no quiero replicar el daño desde el otro lado del poder.
No quiero convertirme en aquello que cuestiono.

Quiero construir espacios donde la madurez no sea solamente un discurso.

Donde el liderazgo no sea una máscara.
Donde el mérito no dependa de alianzas invisibles.
Donde las personas no tengan que destruirse para demostrar que algo estaba mal.

La herida forma parte del origen.
Pero no dirige el destino.

El destino es construir empresas más honestas, responsables y humanas.

Esta historia empezó en Loba Rosé💗, porque primero necesitaba sentirla y nombrarla.
Pero las preguntas que dejó ya pertenecen a otro espacio.

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