Y me sentí... agradecida
Hoy recordaba el día que me despidió El Patroncito.🥸
Lo recordé con nostalgia y con una parte de mí todavía frustrada.
Supongo que algunas experiencias no desaparecen; simplemente dejan de ocupar el centro de la habitación.
Y me sentí.
A ratos triste.
Preocupada.
Molesta, por supuesto.
Sería mentira decir que todo ha sido paz, porque no lo ha sido. Ha habido días en los que el futuro pesa un poco más de lo normal y otros en los que la incertidumbre parece hablar más fuerte que mi propia voz.
Pero también siento algo que, curiosamente, termina siendo más grande que todo lo anterior.
Gratitud.
Una gratitud compleja, incluso incómoda de sostener.
Porque este despido no solo fue una pausa en mi vida profesional. Se sintió como una traición. Como una injusticia difícil de nombrar sin que duela un poco otra vez.
Yo fui una buena empleada. Construí relaciones reales, hice conexiones valiosas, me gané una reputación sólida y contribuí de forma tangible a mejorar la estructura de mi departamento. No fue un paso silencioso ni irrelevante: dejé trabajo hecho, ideas implementadas y procesos que ayudaron a otros a crecer.
Y aun así, cuando el proyecto estuvo cerrado y las ideas ya estaban en marcha, me despidieron sin una razón real más allá de la formalidad de que podían hacerlo.
Y eso duele de una forma particular.
Porque no se siente como “terminó un ciclo”, sino como haber sido útil hasta el punto exacto en que ya no era necesaria.
Y sí… también me dolió reconocer que, en ese proceso, mis ideas y mis méritos se quedaron en manos de otros, como si hubieran sido parte del camino de su crecimiento, pero no del mío.🥲
Aun así, con el tiempo he tenido que aprender a sostener esa historia sin que me destruya.
Porque esta pausa me obligó a ver cosas que probablemente nunca habría visto si todo hubiera seguido como lo planeé.
Me obligó a detenerme.
A aceptar un lugar que jamás habría elegido por voluntad propia: el de la vulnerabilidad. El de reconocer que no puedo controlar todas las variables. El de aprender a confiar cuando ya hice todo lo que estaba en mis manos.
Y eso cambia muchas cosas.
También me permitió descubrir nuevas facetas del Mr.
No porque antes no fuera un protector o un proveedor. Siempre lo ha sido.
Simplemente yo, con mi eterna autosuficiencia, rara vez dejaba espacio para que alguien me sostuviera.
Durante mucho tiempo confundí fortaleza con cargar todo sola.
Hoy entiendo que no son lo mismo.
Permitir que alguien te cuide también requiere valentía.
Sigo sintiendo muchas cosas.
Las emociones cambian de un día para otro. A veces incluso de una hora a la siguiente.
Hay días llenos de esperanza y otros donde el miedo toca la puerta un poco más temprano.
Y está bien.
Porque ninguna de esas emociones define quién soy.
Lo que sí puedo elegir es desde dónde quiero caminar este capítulo.Y, por encima de todo, elijo la gratitud.
Gratitud por este tiempo que, aunque nunca lo pedí, terminó siendo un punto de quiebre necesario.
Un tiempo para reencontrarme.
Para reenfocarme.
Para volver a poner los pies sobre la tierra y recordar qué cosas realmente tienen valor para mí.
Recordar que mi propósito no depende de un cargo, de un correo corporativo o de una tarjeta de presentación.
Mi propósito sigue aquí.
Solo necesitaba volver a escucharlo.
Gracias, Dios, por todo lo que he vivido hasta hoy.
Por las personas que has puesto en mi camino.
Por las puertas que se cerraron.
Y también por las que, de una u otra forma, siempre encuentran la manera de abrirse.
Gracias por seguir edificándome.
Porque hoy entiendo que no estoy simplemente esperando una nueva oportunidad.
También me estoy convirtiendo, poco a poco, en la persona capaz de sostenerla cuando llegue.
Y creo que esa también es una bendición.
Esas historias viven en: "Y me sentí"…
Un recopilado de experiencias, emociones y observaciones que ayudaron, directa o indirectamente, a formar Kuraigana.

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