The Best Offensive
Una de las cosas que más he disfrutado de este Mundial no ha pasado necesariamente dentro de la cancha.
Ha pasado en el estudio de FOX.
Ver a Thierry Henry y Zlatan Ibrahimović compartir mesa es casi tan interesante como algunos de los partidos. No porque piensen igual, sino precisamente porque no lo hacen.
Son dos personalidades enormes. Dos leyendas. Dos maneras muy distintas de entender el fútbol y, probablemente, también el éxito.
Henry suele analizar el juego como quien observa una arquitectura. Habla de movimientos, espacios, decisiones, automatismos… Da la sensación de que el protagonista siempre es el sistema.
Zlatan, en cambio, transmite algo diferente. Su presencia siempre ha comunicado identidad, convicción y una confianza difícil de ignorar. Da la impresión de que, cuando aparece una personalidad extraordinaria, también puede cambiar el destino de un equipo.
Para el partido entre Francia y Suecia ocurrió un detalle que probablemente pasó desapercibido para muchos.
Incluso Zlatan, con todo el personaje que ha construido durante años, reconoce con certeza y tranquilidad la gran capacidad del equipo contrario.
“France has the best offensive.”Algo mucho más interesante de lo que parece.
No porque signifique que Suecia sea menos.
Ni porque Zlatan haya renunciado a esa enorme confianza que siempre lo ha caracterizado.
Sino porque, viniendo de él, sonó a algo muy distinto.
Sonó a respeto.
Hay una diferencia importante entre competir y necesitar disminuir al otro.
La verdadera confianza no necesita fingir que el rival es pequeño para sentirse grande.
Puede reconocer la excelencia que tiene enfrente… y aun así querer vencerla.
Eso me hizo pensar que quizá la madurez competitiva no consiste en dejar de competir.
Consiste en dejar de interpretar la grandeza ajena como una amenaza para la propia identidad.
Y creo que eso es exactamente lo que me transmite Henry y Zlatan durante la transmisión.
Nunca sentí que intentaran convencerse mutuamente.
Ni que buscaran demostrar quién entendía más.
Seguían siendo ellos.
Henry seguía siendo Henry.
Zlatan seguía siendo Zlatan.
Con estilos casi opuestos.
Con personalidades que, sobre el papel, parecerían destinadas a chocar.
Y, sin embargo, ahí estaban.
Reconociendo el valor del otro sin necesidad de parecerse.
Quizá porque ambos conocen algo que muy pocos conocen.
El precio que cuesta llegar hasta ese nivel.
El precio que cuesta llegar hasta ese nivel.
Eso también me hizo pensar en las organizaciones.
Muchas empresas hablan constantemente de diversidad.
Pero, en ocasiones, pareciera que esperan que todas las personas diferentes terminen comportándose igual. Como si la única forma de trabajar bien juntos fuera limar todas las diferencias.
Henry y Zlatan me dejaron otra impresión.
La cultura más fuerte no es la que elimina las diferencias.
Es la que permite que dos formas completamente distintas de ejercer la excelencia puedan convivir sin dejar de ser ellas mismas.
No necesitan pensar igual.
No necesitan expresarse igual.
Ni siquiera necesitan dejar de competir.
Solo necesitan reconocer que existen distintas maneras de llegar a la grandeza.
Parecía una conversación entre dos personas cuya identidad ya no depende de demostrar que la del otro vale menos.
Y eso, curiosamente, me recordó algo que también ocurre fuera del fútbol.
Cuando una persona necesita minimizar constantemente el trabajo, las ideas o el talento de los demás, muchas veces no está mostrando seguridad.
Está mostrando dependencia.
Porque una identidad sólida puede hacer algo que parece muy simple, pero no siempre lo es:
Reconocer la excelencia ajena sin sentir que la propia desaparece.
Henry y Zlatan siguen siendo profundamente competitivos.
Y espero que nunca dejen de serlo.
La diferencia es que hoy esa competencia parece haberse transformado en respeto.
No es ausencia de ego.
Es un ego que ya no necesita convertir cada conversación en un gallinero para demostrar quién canta más fuerte.
Y quizá esa sea una de las formas más elegantes de madurez.
Es un ego que ya no necesita convertir cada conversación en un gallinero para demostrar quién canta más fuerte.
Y quizá esa sea una de las formas más elegantes de madurez.
Dejo esto aqui, para que no se te olvide, ni a ti, ni a mi.🐾💕
Cheers, Loba Rosé🥂



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